Escribir poesía es:
deshacerme de mí
(al menos por el rato que dura la estrofa),
bailar con una escoba,
poner la cabeza en la guillotina,
ser tan libre como el lógico que logra escapar del zoo,
pintarme la cara de princesa
o hacer equilibrio en el borde de un discurso panfletario.
Jugar a ser yo, el verdadero yo.
Plantar semillas en el desierto,
pensar la vida en forma de triángulo,
compensar la falta de ritmo en la pista de baile,
besarte de un arrebato,
desconocerme cada día más.
Olvidar, por un momento, el significado de las palabras.
Escribir poesía es:
tratar de pintar con mierda.